El asesino del baño de ácido

John George Haigh nació el 24 de Julio de 1909, en Stamford, pero al poco de nacer su familia se mudó a Outwood (Inglaterra). Sus padres, John y Emily Haigh, eran unos fanáticos religiosos. Pretenecían a “La Hermandad”, una secta dentro de los cristianos evangélicos, cosa que marcaría muchísimo la infancia de John. Tanto, que hasta vivía “encerrado” en la propiedad familiar, cuyo jardín había sido rodeado con unos muros de tres metros de altura por orden de su padre, para que “no se mezclara con la gente malvada del mundo exterior”.

John George Haigh, "el asesino del baño de ácido"

No es necesario decir que esto marcaría fuertemente su carácter. John siempre tuvo un sueño que lo obsesionó desde muy pequeño, una extraña pesadilla: se veía a si mismo en un campo lleno de crucifijos que, lentamente, se iban transformando en árboles sin hojas, con largas ramas por las que caían gotas de rocío, a medida que él pasaba a su lado. Al aproximarse a los árboles, podía ver como las gotas que cubrían las ramas no eran agua… eran sangre. Los árboles comenzaban a retorcerse como si sufrieran un tormentoso daño y la sangre brotaba de los troncos, mientras una silueta borrosa que portaba una copa recogía el líquido rojo. Luego, una vez llena, se le acercaba y se la ofrecía ordenándole beberla. John se sentía completamente indefenso ante semejante situación. Quería librarse de la pesadilla como fuese. El ser que le ofrecía la copa le decía que la única manera de librarse de él, era matar, para así saciar su verdadera sed. Fué intenado en la Escuela Gramática Queen Elizabeth, y posteriormente también lo sería en la catedral de Wakefield, donde destacaría en el coro. Una vez fuera de los estudios, entró como aprendiz en un taller, de donde sería echado a los veintiún años por (aparentemente) robar dinero y materiales. El 6 de Julio de 1934 se casa con Beatrice Hammer, un matrimonio que apenas duraría, ya que ese mismo año Haigh fue encarcelado por estafa. Mientras estaba entre rejas, Beatrice dió a luz, aunque inmediatamente dió al bebé en adopción y abandonó a John. Cuando salió de la cárcel, en 1936, se mudó a Londres, donde comenzaría a trabajar como chófer de William McSwan, el rico propietario de un parque de atracciones. Poco después, y dada su cultura general (que era bastante), comenzó a trabajar también como abogado. Pero, como no había hecho la carrera, fue denunciado y condenado a cuatro años de cárcel. Su liberación se produjo poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Mientras estaba en prisión, comenzó a fantasear sobre el crimen perfecto, que según él era destruir las pruebas -los cuerpos- con ácido sulfúrico. Experimentó con ratones y se maravilló de que los cuerpos sólo tardasen treinta minutos en desaparecer. En 1944, una vez libre, se encontró con su antiguo jefe en un pub. Él le presentó a sus padres, que se encontraban allí, y comenzaron a hablar de inversiones. El 6 de Septiembre, William McSwan desapareció. Posteriormente, John reconocería que le golpeó en la cabeza, lo llevó a un sótano y lo metió en un barril lleno de ácido sulfúrico concentrado. Dos días más tarde volvería al lugar y encontraría una sustancia limosa dentro del barril. Simplemente, lo tiró a una alcantarilla. Luego les dijo a sus padres que había volado a Escocia para no ser llamado a filas, ya que la guerra era inminente. Ellos lo llamaron un tiempo después, ya que su hijo no daba señales de vida, y se dirigió a su casa. Allí los mató el 2 de Julio de 1945. Robó todo lo que había disponible, falsificó documentos y vendió todas las propiedades por una pequeña fortuna. Entonces se marchó a vivir a un hotel. Como también era un jugador, pronto se quedaría sin dinero. En el verano de 1947, conoció al doctor Archibald Henderson, y a su esposa Rose, cuando fue a ver la casa que tenían en venta. Trabó amistad con ellos, y, con la excusa de enseñarle un invento, el 12 de Febrero de 1948 llevó al doctor a unos almacenes que previamente había alquilado. Allí le disparó en la cabeza (irónicamente, con una pistola propiedad del doctor) y lo sumergió en un barril con ácido. Después llamó a su esposa, diciéndole que fuese hasta el lugar, ya que su marido se encontraba mal. Cuando Rose llegó, recibió dos impactos de bala en el cráneo y siguió la suerte de su marido en otro barril. En esta ocasión, también falsificó documentos y vendió las posesiones. Su siguiente (y a la postre, última víctima) era Olivia Durand-Deacon, una viuda acaudalada que vivía en el mismo hotel que él. Con la excusa de iniciar un negocio de uñas postizas, la llevó al almacén que tenía. Cuando Olivia estaba revisando su catálogo, el 18 de Febrero de 1949, recibió dos tiros en la nuca. Después, la metió en un barril. Al día siguiente todo el mundo preguntaba preocupado por Olivia. Haigh respondía con aire sorprendido que no había acudido a la cita, que tras esperarla durante una hora se había ido sin verla. Y como seguía sin aparecer, se ofreció junto a otros pensionistas para ir a la policía a denunciar la desaparición de la viuda. En comisaría declaró dos veces, sin mostrarse nervioso y siempre afirmando que la viuda no había acudido a la cita. No contaba con que el cuerpo fuese descubierto jamás. Sin embargo, como no tenía un historial limpio (había pasado dos veces por la cárcel), decidieron investigar los almacenes registrados a su nombre. En los almacenes, los policías encontraron tres barriles de ácido sulfúrico, además de un delantal, unos guantes de caucho y un revólver que había sido disparado poco tiempo antes. También hallaron otras pruebas macabras, como huellas de sangre en la pared y el delantal, un charco de grasa en un bidón vacío de ácido, y para colmo de sospechas, el recibo de una tintorería por un abrigo de mujer. Expertos analistas de Scotland Yard analizaron cuidadosamente los restos de grasa y dos partes casi intactas de una dentadura, que finalmente fueron identificadas por el dentista de la mujer. Haigh mantenía su inocencia respondiendo amablemente a cada interrogatorio, aunque la policía de Scotland Yard sabía que mentía en sus declaraciones y que todas las pistas halladas le apuntaban como el asesino. Pero al darse cuenta que no podía seguir ocultando el crimen por mucho más tiempo, terminó confesando:

“Si le confesara la verdad no me creería, es demasiado extraño. Pero se la voy a confesar. La señora Durand no existe. Ustedes no encontrarán jamás ningún resto de ella ya que la disolví en el ácido, ¿cómo podrán probar entonces que he cometido un crimen si no existe cadáver? Le disparé a la cabeza mientras estaba mirando unas hojas de papel para confeccionar sus uñas postizas. Después fui por un vaso y le hice un corte con mi navaja en la garganta. Llené el vaso de sangre y me lo bebí hasta saciar mi sed. Luego introduje el cuerpo en el tonel llenándolo a continuación de ácido sulfúrico concentrado y me fui a tomar una taza de té. Al día siguiente el cuerpo se había disuelto por completo, vacié el tonel y lo dejé en el patio”.

A pesar de lo que él creía, la policía había encontrado restos óseos que habían identificado. Tras hallar estas pruebas, comenzaron a investigar otros casos de desapariciones, y en cinco de ellas se dieron cuenta de que el detenido tenía relaciones con esas personas. Acabó confesando los otros cinco crímenes. En el juicio, su abogado defensor intentó utilizar la pesadilla del hombre y el acto de vampirismo como recurso, queriéndolo hacer pasar por perturbado mental, pero esa estratagema no dio resultado. Los psiquiatras reconocieron sus rasgos paranoides como síntoma precursor de una alteración mental. Sin embargo, John había explotado económicamente a sus víctimas, lo cual distaba mucho de no poder controlar sus actos. Finalmente fue sentenciado a la pena de muerte por seis asesinatos, y moriría ahorcado el 10 de Agosto de 1949.

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