Barba Azul

Gilles de Laval, barón de Rais (también llamado Gilles de Rais o Barba Azul), nació el 10 de Septiembre de 1404 en la Torre Negra del castillo de Champtocé, en la localidad francesa de Anjou. Sus padres, provenientes de los más altos y rancios linajes franceses, fueron el noble Guy II de Laval y la dama Marie de Croan. Al casarse su fortuna se hizo impresionante.

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Gilles de Rais, "Barba Azul"

Después de Gilles, tuvieron otro hijo, René, pero ambos se criaron sin apenas contacto con los padres. Tutores e institutrices se dedicaron a educarles. Aprendieron a leer y escribir, y también lenguas como el griego y el latín. Sus padres fallecieron pronto por lo que los niños quedaron en manos de su abuelo, Jean de Craon (padre de Marie) y según Gilles este hombre le enseñó a beber temprano y a extraer placer de pequeñas crueldades. El abuelo era una influencia negativa en su vida, además su carácter era violento. Cuando Gilles heredó la enorme fortuna familiar, sólo tenía 11 años. El dinero y las enseñanzas de su abuelo le hicieron creer que era omnipotente. A los 16 años se casó con su prima Catherine de Thouars, también muy rica, e incrementó su fortuna. Catalina le hizo padre de una niña, Marie, y no se casó por amor, si no porque fue prácticamente secuestrada para acallar los rumores de la homosexualidad de Gilles. Pero si bien Gilles tenía su propia esposa, era Juana de Arco su verdadera pasión. Enamorada en secreto de ella, al perderla su mundo se vino abajo. Cuando Juana ardió en la hoguera quemada viva en la ciudad de Rouen en 1431, Gilles abandonó a su esposa y se marchó solo a Tiffauges.
Fue un militar destacado que participó, a las órdenes de Carlos VII, en el intento de rescate de Juana de Arco en 1430. Al morir ésta Gilles aseguró que la “pureza” había muerto, no obstante el mismo que dijo esas palabras fue un verdadero sádico que sólo obtenía placer a través de las torturas que infringía a sus víctimas.
A los 25 años renunció al honor que se le había impuesto de Mariscal de Francia, y tras retirarse a sus posesiones de Tiffauges, se dedicó a convertirse en la otra cara de la moneda. Dejó de luchar por el bien para luchar por el mal guiado por la alquimia y el sacerdote Prelati del que creía conseguiría la piedra filosofal.
Negándose el placer con otras mujeres, Gilles comenzó a buscar otro camino de satisfacción y lo encontró en la crueldad. Se gastó parte de su fortuna organizando fiestas y tal fue el derroche que acabó vendiendo algunas de sus posesiones. Esta pérdida de dinero le hizo pensar en cómo recuperar lo perdido sin trabajar, y fue conseguir la piedra filosofal, que según el esoterismo puede convertir el metal en oro, su meta en los siguientes años.
En su castillo instaló un laboratorio y se trajo magos y alquimistas de toda Europa, pero los gastos se incrementaban. Puesto que no fructificaba, hubo quien le sugirió que pidiera ayuda al mismo Diablo, y se cuenta anecdóticamente incluso que puso parte de su testamento al nombre de éste aunque con la condición de no cederle su alma.
Se supone pues que su primer asesinato surgió a raíz de este pacto con el Diablo. A su víctima le sacó el corazón, los ojos y le cortó las muñecas para sacar su sangre, pero el oro no apareció.
No obstante Gilles de Rais, alias Barba Azul, consiguió algo que no esperaba: placer. Utilizaba niños a los que violaba y asesinaba, niños que rondaban entre 6 y 18 años de edad.
Los colgaban de ganchos, los escuchaba suplicar, simulaba salvarlos del horror cortando las cuerdas que los mantenían enganchados a los ganchos y luego, tras hacerles creer que iba a salvarles, los degollaba, violaba el cuerpo ya cadáver, lo mutilaba y utilizaba las membranas y la sangre para sus hechizos alquímicos.
Se le atribuyeron más de 200 crímenes de niños y adolescentes. Algunos de los niños desaparecían de la ciudad de Nantes y pueblos colindantes, y otros eran pobres mendigos a los que llevaba a su casa mediante secuestro. Una de las historias que se cuentan sobre él es que abrió en canal a una joven para jugar con su feto.
Generalmente, seleccionaba a un niño y lo llevaba a su sala de torturas. Allí lo acariciaba para luego, y riendo a carcajadas, cortarle la vena del cuello. El niño se convulsionaba y sus dos ayudantes le ayudaban a sujetarlo porque el barón, frente a la sangre, se excitaba más y más. Le arrancaba las ropas al niño medio muerto, frotaba su miembro en el vientre del crío o cría ya sin conocimiento y tenía un orgasmo. Después le daba un acceso de locura más y les cortaba la cabeza. En una ocasión, se tiró encima de uno de los cadáveres y lo besó, lamiéndole la sangre y llorando violó su cuerpo muerto hasta volver a tener otro orgasmo. Acto seguido ordenó que quemasen el cuerpo y guardaran la cabeza. Durmió sobre el suelo encharcado de sangre y al día siguiente sus sirvientes limpiaron todo. Con un poco de lucidez -que obviamente no tenía más de dos segundos- lloró aquella mañana ante la cabeza decapitada y prometió enmendarse, sin embargo besó la cabeza decapitada y se marchó a la cama con ella, prometiéndole que pronto estaría con otras cabezas tan bellas como la suya.
Una de sus extrañas conductas era las de dormir profundamente tras entregarse al asesinato y el orgasmo de cadáveres infantiles, algo que solía pasar con otros personajes que sufrieron de vampirismo y necrofilia, quedando prácticamente en coma, siempre y cuando los cuerpos aún estuvieran calientes (o sea recién fallecidos) y mandar guardar las cabezas de estos niños para luego pintarlos y celebrar, con estas cabezas, concursos de belleza.
Amigos e invitados votaban y premiaban una de las cabezas que luego Gilles usaba para sus propósitos necrófilos. Para ello, Gilles de Rais tenía contratado a un artista que arreglaba las cabezas peinándolas y pintándolas dándoles un bello aspecto (por muy tenebroso que fuera).
Cuando el pueblo no pudo más, aun sabiendo que el barón era poderoso a pesar de haber perdido grandes fortunas, se alzó la voz contra éste, pero las amenazas contra los humildes acallaron muchas bocas.
No obstante llegó a oídos del Obispo de Nantes el rumor, y en 1440 instruyó un expediente según el cual Gilles habría ofrecido a un demonio llamado Barón, los ojos y la sangre de un chiquillo para conseguir sus favores. El 13 de septiembre de 1440 se encontró en su casa los cuerpos despedazados de cincuenta niños.
Barba Azul fue detenido, juzgado y condenado por la desaparición de 150 niños cuando el Duque de Gran Bretaña escuchó las denuncias del asustado pueblo.
Se le acusó, además de infanticidio e inmolación a entre 140 y 200 niños, de herejía y satanismo, y su confesión no se logró a través de las torturas a las que se le sometió, sino con la simple amenaza de excomulgarle. Barba Azul, o Gilles de Rais, confesó haber disfrutado con sus torturas, no sólo rajando o golpeando niños, si no también sentándose sobre ellos mientras agonizaban, pero dijo haber actuado solo, cosa que no fue creída.
Éste es un extracto de su declaración ante el tribunal que le juzgó:

“Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes –niños y niñas- y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos –aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto- y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados.
Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente. Contemplaba a aquellos que poseían hermosa cabeza y proporcionados miembros para después abrir sus cuerpos y deleitarme a la vista de sus órganos internos y muy a menudo, cuando los muchachos estaban ya muriendo, me sentaba sobre sus estómagos, y me complacía ver su agonía(…). Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el Infierno antes de poder creer en el Cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos.
Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo… Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla”.

Se le llevó al patíbulo el 26 de octubre de 1440 para ser ahorcado y luego quemado en la hoguera, y allí pidió perdón a los padres de las víctimas y suplicó que nadie siguiera su ejemplo. A sus dos cómplices, Henri Griart y Poitou, los llevaron con él con el mismo propósito. Sorprendentemente su arrepentimiento, el canto que hizo de un “De profundis” a los pies del patíbulo y el ruego de que familias de víctimas y ciudadanos rogaran a Dios por él le funcionó de tal forma que muchos llegaron a llorarle.

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