Doctor Holmes

El 1 de mayo de 1893 se inauguró en Chicago la Exposición Universal, cuya idea era reflejar el gigantesco progreso de la humanidad en las industrias y en las ciencias. Era la edad de la seguridad. Y del optimismo. Por esos días, abrió sus puertas en la ciudad de los vientos un fastuoso hotel. La obra fue proyectada por un tal Campbell y realizada bajo la dirección de un tal doctor Holmes. Ambos tenían un rasgo común: no existían.

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Herman Webster Mudget, "D.r Holmes"

Herman Webster Mudgett nació el 17 de Mayo de 1861 en Hilmanton, en el seno de una familia bastante puritana. Era un joven guapo y bastante inteligente, aunque muy carente de escrúpulos. Cuando contaba dieciocho años se casó con Clara Lovering, una joven de familia rica de quien se aprovechó para pagar sus estudios de medicina. Cuando se tituló como doctor en la universidad de Michigan, abandonó a Clara y se fue a vivir con una viuda joven y bastante guapa, quien tenía una serie de hostales que le daban grandes beneficios. Cuando la hubo arruinado, se marchó de allí hacia Nueva York, donde trabajó como médico durante un año, y después se marchó a Chicago. Allí decidió abrir un hotel, ya que el 1 de Mayo de 1883 se inauguraría la Exposición Universal de Chicago.  Al llegar a su nueva ciudad no tardó en seducir a una joven encantadora (y casualmente millonaria) llamada Myrta Belknap. Para vencer las reticencias que la virtuosa señorita le oponía, adoptó el nombre de Holmes, se casó con ella y, gracias a unas falsificaciones de escrituras, se apresuró a estafar 5.000 dólares a su familia política para hacerse construir, en Wilmette, una casa suntuosa. Consiguió entonces  la titularidad de una farmacia propiedad de una viuda excesivamente ingenua en las afueras, en Englewood. Aprocechando las circunstancias, se hizo a la vez su amante y hombre de confianza de la viuda millonaria. A base de falsificaciones de contabilidad y de malversaciones de fondos, logró hacerse dueño de la totalidad de los bienes de la desgraciada, después la hizo “desaparecer” y fue entonces cuando puso en marcha su gran proyecto: el Castillo Holmes.

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El Castillo Holmes

Para construir su castillo Herman recurrió a varias empresas, a las que siempre ponía toda clase de excusas para no pagar, y se acababan marchando sin haber cobrado ni terminado su trabajo.  De esa manera, el propietario era el único que conocía detalladamente un edificio cuya extraña factura habría podido impresionar a más de uno.
La exposición de 1893 se estaba preparando y debía atraer a Chicago una muchedumbre considerable, entre la cual habría, por supuesto, multitud de mujeres guapas, ricas y solas. Cada una de las habitaciones de aquel extraño inmueble estaba provista de trampas y de puertas correderas que daban a un laberinto enorme de pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas disimuladas en las paredes, el doctor podía observar a escondidas el vaivén de sus clientes y, sobre todo, de sus clientas.
Disimulada bajo el entarimado, una instalación eléctrica perfeccionada le permitía por otra parte seguir en un panel indicador instalado en su despacho el menor desplazamiento de sus futuras víctimas. Con sólo abrir unos grifos de gas, podía finalmente, sin desplazarse, asfixiar a los ocupantes de unas cuantas habitaciones.
Un montacargas y dos rampas servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega ingeniosamente instalada, donde eran, según los casos, disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a cenizas en un horno o simplemente enterrados en una cuba llena de cal viva. En una habitación, bautizada como “el calabozo”, estaba instalado un impresionante arsenal de instrumentos de tortura. Entre las máquinas sádicas instaladas por el ingenioso doctor, una de ellas llamó particularmente la atención de los periodistas. Era un autómata que permitía cosquillear la planta de los pies de las víctimas hasta hacerles literalmente morir de risa.
El “Castillo Holmes” fue terminado en 1892, y durante los seis meses que duró la exposición la fábrica de matar de Herman no se detuvo. El verdugo escogía a sus “clientas” con mucha precaución. Tenían que ser ricas, jóvenes, guapas, estar solas y, para evitar las visitas inoportunas de amigos o familiares, su domicilio tenía que estar situado en un estado lo más alejado posible de Chicago.
Con el final de la Exposición, las rentas del hotel cayeron en picado y Holmes notardó en encontrarse sin dinero. El medio más sencillo que imaginó para conseguir ingresos fue incendiar el último piso de su inmueble y reclamar a su asegurador una indemnización de 60.000 dólares, sin pensar un instante que la compañía podría hacer una investigación antes de pagárselos, cosa que la aseguradora hizo inmediantamente descubriendo que el fuego había empezado en seis puntos distintos de la planta. Descubierto, nuestro doctor tuvo que refugiarse en Texas, donde se apresuró a realizar diversas estafas que lo llevaron por primera vez a la cárcel. Liberado bajo fianza, volvió a salir unos meses después no sin antes haber concebido una idea  sencilla e ingeniosa. Un cómplice, llamado Pitizel, debía hacerse un seguro de vida en una compañía de Filadelfia. Se presentaría luego como suyo un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. No habría más que repartir la prima que cobraría la Sra. Pitizel, mientras que el “muerto” iría durante algún tiempo a hacerse olvidar a Sudamérica.
Para su desgracia, Holmes tuvo la mala idea de cambiar su plan y de matar realmente a Pitizel. Aquella solución tenía en su opinión la ventaja de ahorrarle la búsqueda peligrosa de un cadáver y, sobre todo, permitirle quedarse él solo la totalidad de la prima, deshaciéndose ulteriormente de la Sra. Pitizel y de sus hijos, cosa que para él no0 representaba más que un mero trabajo rutinario.
Acudió a la morgue para reconocer el cuerpo de su amigo, fue a Boston a buscar a la desdichada viuda y la trajo a Filadelfia para que cobrara su dinero. La denuncia de un antiguo compañero de celda, Marion Hedgepeth, vino a sembrar la duda en el ánimo de los aseguradores, y a consecuencia de esto la policía abrió una investigación. Remontó con paciencia todos los eslabones de la cadena. Holmes confesó primero la estafa a la compañía aseguradora y, ante las pruebas abrumadoras reunidas en su contra, los asesinatos de Pitizel y de sus hijos. Más tarde, empezaría a revelar los crímenes cometidos en el hotel, hasta llegar a veintisiete mujeres asesinadas.
Holmes fue condenado a muerte por el Tribunal de Filadelfia y ahorcado el 7 de mayo de 1896. Sólo tenía treinta y cinco años.

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